federic garcia lorca, españa
CEMENTERIO JUDÍO-LORCA- N.Y., 18 DE ENERO DE 1930
Las alegres fiebres huyeron a las maromas de los barcos y el judío empujó la verja con el pudor helado del interior de la lechuga.
Los niños de Cristo dormían, y el agua era una paloma, y la madera era una garza, y el plomo era un colibrí, y aun las vivas prisiones de fuego estaban consoladas por el salto de la langosta.
Los niños de Cristo bogaban y los judíos llenaban los muros con un solo corazón de paloma por el que todos querían escapar. Las niñas de Cristo cantaban y las judías miraban la muerte con uno solo ojo de faisán, vidriado por la angustia de un millón de paisajes.
Los médicos ponen en el níquel sus tijeras y guantes de goma cuando los cadáveres sienten en los pies la terrible claridad de otra luna enterrada.
Pequeños dolores ilesos se acercan a los hospitales y los muertos se van quitando un traje de sangre cada día.
Las arquitecturas de escarcha, las liras y gemidos que se escapan de las hojas diminutas en otoño, mojando las últimas vertientes, se apagaban en el negro de los sombreros de copa.
La hierba celeste y sola de la que huye con miedo el rocío y las blancas entradas de mármol que conducen al aire duro mostraban su silencio roto por las huellas dormidas de los zapatos.
El judío empujó la verja; pero el judío no era un puerto, y las barcas de nieve se agolparon por las escalerillas de su corazón: las barcas de nieve que acechan un hombre de agua que las ahogue, las barcas de los cementerios que a veces dejan ciegos a los visitantes.
Los niños de Cristo dormían y el judío ocupó su litera. Tres mil judíos lloraban en el espanto de las galerías porque reunían entre todos con esfuerzo media paloma, porque uno tenía la rueda de un reloj y oto un botín con orugas parlantes y otro una lluvia nocturna cargada de cadenas y otro la uña de un ruiseñor que estaba vivo; y porque la media paloma gemía derramando una sangre que no era la suya.
Las alegres fiebres bailaban por las cúpulas humedecidas y la luna copiaba en su mármol nombres viejos y cintas ajadas. LLegó la gente que come por detrás de las yertas columnas y los asnos de blancos dientes con los especialistas de las articulaciones. Verdes girasoles temblaban por los páramos del crepúsculo y todo el cementerio era una queja de bocas de cartón y trapo seco. Ya los niños de Cristo se dormían cuando el judío, apretando los ojos, se cortó las manos en silencio al escuchar los primeros gemidos.
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Por lobitogabriel - 19 de Agosto, 2006, 9:19, Categoría: poesia
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